Lecciones de vida desde mi cómoda sillita de playa

Estaba yo frente a mi computadora, tan cómoda como si estuviera sentada en una sillita de playa, teniendo una de esas conversaciones de trabajo como lo hago siempre. Durante una conversación de negocios, usando el corazón y asoleando mi trabajo, un desconocido me hizo un gran regalo. Me tiró al mar justo cuando venía una gran ola. Con raspones en el orgullo, pero con inmensa gratitud, empiezo a ver el mar con otros ojos.

sillita de playaHay verdades que nos llegan como olas que nos arrastran y nos dejan adoloridos. Cuando logramos levantar la mirada, podemos encontrarnos intranquilos y asustados. Esas olas vienen para despertarnos y no para ahogarnos. Tenemos la opción de enojarnos y odiar al mar por lanzarnos esa ola que nos sacó por completo de nuestra cómoda sillita de playa. O podemos aprovechar la situación para ponernos en serio con nosotros mismos y contruir algo con la suficiente fortaleza para permitirnos disfrutar el mar, el sol, el aire… y que para cuando haya tormenta, también sea nuestra fortaleza.

Lo que la gente nos dice – o no nos dice – puede dolernos, pero depende de nosotros si vemos en ello un regalo o una ofensa. Luego de un par de raspones y confusión, desaprobarnos a nosotros mismos no tiene ninguna utilidad. Tampoco la tiene el rebuscar en el pasado y tratar de entender en dónde me equivoqué. Estoy aquí, tomar mi poder personal y una buena decisión sobre hacia dónde quiero ir, es lo único que importa. Click To Tweet

P.D.: Me encanta la playa. Aunque a veces haya mal clima y la arena raspe. Porque también brilla el sol y ocurren cosas maravillosas, si estamos dispuestos a verlas.

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